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Envió Dios al ángel Gabriel a Nazaret,
ciudad de Galilea, a una virgen desposada con cierto varón
de la casa de David, llamado José;
y el nombre de la virgen era María.
Y habiendo entrado el ángel a donde ella estaba, le dijo:
Dios te salve, ¡oh llena de gracia!,
El Señor es contigo
Bendita tú eres entre todas las mujeres.

Al oír tales palabras la Virgen se turbó,
y se puso a considerar qué significaría tal saludo.
Mas el ángel le dijo: ¡Oh María!, no temas,
porque has hallado gracia en los ojos de Dios.
Sábete que has de concebir en tu seno,
y tendrás un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.
Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo,
al cual el Señor Dios dará el trono de su padre David,
y reinará en la casa de Jacob eternamente, y
Su Reino no tendrá Fin.

Pero María dijo al ángel:
¿Cómo será eso, pues yo no conozco varón alguno?
El ángel en respuesta le dijo:
El Espíritu Santo descenderá sobre ti,
y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra,
por esta causa el fruto santo que de ti nacerá será llamado
Hijo de Dios.
Porque para Dios nada es imposible.
Entonces dijo María:
He aquí la esclava del Señor,
hágase en mí según tu palabra.

 

José, pues, como era de la casa y familia de David,
vino desde Nazaret, ciudad de Galilea,
a la ciudad de David llamada Betlehem o Belén, en Judea,
para empadronarse con María su esposa, la cual estaba encinta

Y sucedió que hallándose allí, le llegó la hora del parto.
Y tuvo a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales,
y lo recostó en un pesebre,
porque no hubo lugar para ellos en el mesón.

 

Estaban velando en aquellos contornos unos pastores,
y haciendo centinela de noche sobre su grey,
cuando de improviso un
ángel del Señor
apareció junto a ellos,
y los cercó con su resplandor una luz divina,

lo cual los llenó de sumo temor.
Les dijo entonces el ángel:
No tenéis que temer;
pues vengo a daros una nueva
de grandísimo gozo para todo el pueblo,
hoy os ha nacido en la ciudad de David
el Salvador, que es el Cristo, o Mesías, el Señor nuestro.
Y sírvaos de seña que hallaréis al niño envuelto en pañales,
y reclinado en un pesebre.

 

Al punto mismo se dejó ver con el ángel
un ejército numeroso de la milicia celestial,
alabando a Dios, y diciendo:

Gloria a Dios en lo más alto de los cielos,
y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

 

Luego que los ángeles se apartaron de ellos
y volaron al cielo, los pastores se decían unos a otros:

Vamos hasta Betlehem o Belén,
y veamos este suceso prodigioso que acaba de suceder,
y que el Señor nos ha manifestado.

 

Vinieron, pues, a toda prisa, y hallaron
a María y a José y al niño reclinado en el pesebre.
Y viéndole, se certificaron de
cuanto se les había dicho de este niño.

Y todos los que supieron el suceso,
se maravillaron, igualmente,
de lo que los pastores les habían contado.

 

Habiendo, pues, nacido Jesús en Belén de Judá,
reinando Herodes,
he aquí que unos magos vinieron del oriente a Jerusalén,
preguntando:

¿Dónde está el nacido rey de los judíos?
Porque nosotros vimos en oriente su estrella,
y hemos venido con el fin de adorarle.

 

Luego que oyeron esto al rey, partieron.
Y he aquí que la estrella

que habían visto en oriente iba delante de ellos,
hasta cuando, llegando sobre el sitio
en que estaba el niño, se paró.
A la vista de la estrella se regocijaron por extremo

 

Entrando en la casa hallaron al niño
con María, su madre, y postrándose le adoraron;
y abiertos sus cofres

le ofrecieron presentes de oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un aviso del cielo
para que no volviesen a Herodes,
regresaron a su país por otro camino.

 

Después que los magos partieron, un ángel del Señor
apareció en sueños a José, diciéndole:
Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto,
y estate allí hasta cuando yo te avise;
porque Herodes buscará al niño para matarlo.
Levantándose José, tomó al niño y a su madre de noche
y se retiró a Egipto.

donde se mantuvo hasta la muerte de Herodes;
de suerte que se cumplió
lo que dijo el Señor por boca del profeta:
Yo llamé de Egipto a mi hijo


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