El hombre que murió de exilio
ALEJANDRO GOMEZ
El Nuevo Herald
Las palabras del poeta español volvieron a escucharse en la
noche del miércoles en Miami. Ellos los vencedores / caines sempiternos / de
todo me alejaron / me dejan el destierro. Originalmente destinadas a los
vencedores de la guerra civil de España, tienen vigencia para todos los caínes
que en el mundo han sido.
Agustín Tamargo murió con el dolor de Cuba en el
corazón. Se fue de Cuba porque no quiso ser parte de un sistema que
denigra a opresores y oprimidos. Pero tuvo hasta el final a Cuba en el
corazón y la esperanza de volver, posada como una paloma en su hombro.
Fue una figura importante en la Cuba precastrista,
donde se dedicó al periodismo con pasión en los diarios Hoy y Tiempo y
en la revista Bohemia.
Fiel a la bohemia de su juventud, dedicó su tiempo
en el exilio a luchar por ese país que amó tanto. Siempre creyó que el
pueblo cubano terminaría por liberarse del régimen y que Cuba volvería a
ser el país desmesurado y generoso de su juventud.
Como un anticipo de lo que sería su vida, fue él
quien encontró el cadáver de Miguel Quevedo cuando el director de la
revista trasplantada se suicidó en Caracas, donde ambos trataron de
continuar con la célebre publicación.
Nos habíamos acostumbrado a escuchar su voz ronca y
su discurso en el que se filtraba su enorme cultura por las radios de
Miami. A leerlo en las páginas de opinión de El Nuevo Herald. Era el
hombre que seguía sosteniendo la esperanza, contra viento y marea,
viendo la luz al final del túnel. El que no dejó nunca que el dolor y la
nostalgia le quitaran energías para esa lucha que consideraba
indispensable en la vida de todo hombre digno que se rehúsa a dejar de
ser libre.
Junto a la tristeza, su muerte nos deja en la boca
el sabor amargo de la ira que nos invade cada vez que se va alguien que
luchó contra el tirano, mientras el tirano reaparece cada tanto en La
Habana. Como Carlos Castañeda, como Guillermo Cabrera Infante, como
Chanes de Armas, como Reinaldo Arenas, como Heberto Padilla y tantos
otros, Tamargo dejó este mundo viendo cómo se hacía realidad su infierno
más temido: morir antes que el tirano.
Pero el verdadero cementerio es la memoria y
seguiremos esperando el día en que, en algún café de una Habana libre y
sin Seguridad del Estado, alguien nombre a estos muertos en esas calles
que tanto amaron.
Mientras tanto, seguiremos viendo cómo parten los
mejores, los que lo dieron todo sin pedir nada más que el regreso. Y ni
eso tuvieron. Nos ayuda saber que a ellos, los dignos, la historia los
absolvió hace tiempo mientras que el tirano y los suyos se morirán sin
perdón ni respeto.
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