Prueba de ello, que los elementos desencadenados la respetan: no la abate, no la desgaja el huracán más fiero: no la fulmina el rayo. "El rayo respeta a la Ceiba y a más nadie" La Ceiba ni se corta ni se quema. Nadie sin hacer "ebbó" previamente, sin consultar a los orishas y tomar precauciones se atreverá a derribar uno de estos árboles imponentes que se secan centenarios, adorados y temidos de todos en los campos de Cuba. Es comprensible que para la mayoría de nuestros negros y de nuestros campesinos, ambos en estrecha convivencia, respondiendo puramente a un atavismo, a un instinto religioso milenario, y en el fondo, común a todo el género humano, un árbol de tales proporciones y de belleza tan solemne y majestática, aparezca como la materialización de alguna poderosa divinidad: esta divinidad de la Ceiba se impone sencillamente. "Hasta tocar la Ceiba con la mano,
fortifica". Quien ha vivido en Cuba sabe hasta qué punto es difícil derribar uno de estos árboles prodigiosos, eminentemente santos o brujos, que venera el pueblo con una fe que se resiste a poner en duda su divinidad. La mayoría se niega rotundamente a cometer este acto de impiedad indiscutible, echarlas abajo es pecado, con todos los agravantes de un pecado mortal. Las ceibas se vengan. Las ceibas no perdonan. Estos árboles están cargados de leyendas y rodeados de misterio. La creencia de su santidad se trasmite de generación en generación. Un folklorista llenaría centenares de fichas con las historias que se cuentan de las ceibas, veneradas y temidas de un extremo a otro de la isla. Obtuve este escrito en |
|